LA GRAN REUNIÓN: Los guardianes de la música criolla

Hubo un tiempo en que la ciudad de Lima no era la caóticamente articulada urbe que es hoy, tenía un ritmo más pausado, y solo los trenes o tranvías comunicaban entre sí los para entonces distantes y alejados barrios que la componían. Cada barrio de Lima tenía una vida propia, un carácter, una personalidad, y por supuesto, un sonido. La música tradicional de Lima no sonaba igual en el puerto del Callao que en Monserrate, el antiguo Cuartel Primero. No era lo mismo una polca Victoriana que una bajopontina (del Rímac). En cada barrio tradicional había una forma distintiva de interpretar, ejecutar y sentir la música, y sus calles se en convertían bastiones musicales que defendían su propio repertorio -el de los compositores que albergaban- de valses, polcas, habaneras y marineras. Esos tiempos ya han quedado atrás, y nuestra nueva y salvaje Lima, riquísima en mestizajes y novedades, es inclemente, no respeta ni recuerda, solo escupe su cultura sin quererlo, sin saber dónde ha dejado su cabeza.

Pero todavía existen quienes conservan en su recuerdo, en sus oídos y en sus gargantas aquellas antiguas sutilezas, los integrantes de la última generación de auténticos criollos, una verdadera raza en extinción conformada por quienes aún entienden el criollismo, más que como una profesión o un simple género musical, como un forma de vivir. Septuagenarios y octogenarios cantores de barrio a quienes aún se les escucha hablar del ‘golpe barrioaltino’ o de un ‘toque achinadito’, refiriéndose al estilo particular que le imprimían al cantar o al pulsar la guitarra los criollos de distintos rincones de la ciudad. “¡Tenemos que grabarlos ya, antes que todo ese conocimiento se pierda!”, fueron las palabras cargadas de romanticismo de Willy Terry -dueño de la idea, co-productor y guitarrista del proyecto LA GRAN REUNIÓN- que en esa noche de jarana me transmitía la urgencia y la necesidad de embarcarse en un proyecto tan hermoso y quijotesco como LA GRAN REUNIÓN. Obviamente, mi propio romanticismo y mi pasión por toda aquella música que no pretende más que mantenerse viva me acorralaron y me condujeron como vaca al matadero: “Ya, ni hablar, lo hacemos”.

Entonces, a buscarlos… ¿por dónde empezar? Los centros sociales musicales, aquellos santuarios de la jarana que surgieron a partir de la época del 1930, cuando la práctica de la música de Lima comenzaba a perder su esencia artesanal para irse convirtiendo, poco a poco, en una actividad comercial. Allí la más pura bohemia criolla se cobijaba en largas noches de canto y de tertulia, y para los compositores de barrio era el lugar obligado para compartir sus nuevas creaciones. En estos verdaderos templos barriales nunca existió la separación entre público y artista, y hasta el día de hoy, a pesar de su doliente decadencia, en ellos el criollismo se mantiene resguardado en su estado natural. Aquí los viejos jaranean como antes -por amor-, los jóvenes, si los hay, aprenden con respeto, y los músicos profesionales acuden constantemente para beber de la verdadera fuente de la inspiración criolla: la jarana. ‘El Aromito’ en el Callao; ‘El Bocanegra’ y ‘El Fierrito’ en Monserrate; ‘La Catedral’ y ‘El Breña’ en Breña; ‘El Giuffra’ en La Victoria; ‘El Barrios Altos’, ‘Amistad y Criollismo’ y ‘El Garcés’ en Barrios Altos; ‘El Tipuani’ y ‘El Felipe Pinglo’ en El Cercado, etc. Visitamos cada uno de ellos en busca de los 19 cantores que conformarían el colectivo de LA GRAN REUNIÓN.

Willy y ‘Papeito’ Abán -cajonero del proyecto y escudo protector- van a la cabeza. Comienza el ritual, llegar, saludar, brindar.

– “¡Cuánto tiempo tío! ¿Cómo te mantienes? ¿Cómo te ha tratado la vida?”
– “Aquí sobrino, como pa’l tiempo nomás, nunca tan bien como tú”.

Se comenta sobre el precario estado del local y de las mejoras que se debieran hacer, “¡qué pena que no haya apoyo oiga usted!”. Recuerdan viejos cantores, bravos guitarristas, viejas glorias del futbol, todos parientes…

– “¡Salud tío!”

Desenfundar la guitarra, sentarse sobre el cajón.

– “Tío, ¿te acuerdas ese vals que cantabas a dúo con tu compadre espiritual? Que en paz descanse oiga… ¿Re menor, no?”
– “No sobrino, en Do nomás, los años pasan…”

Se enciende el ambiente y la magia chorrea -a borbotones-, la ‘piel de gallina’, los ojos vidriosos… La sed se acrecienta.

Luego la propuesta, explicarles que queremos grabar y hacer un disco. Para muchos es lo mejor que les ha sucedido en años, se les llena de luz la mirada y el alma de gratitud, renace la bohemia, eluden al olvido. Otros no aceptan, no entienden, ¿para qué?

– “No sobrino, eso de grabar, de los micrófonos, eso yo no….” “Esto es para mí nomás, para aquí, así, con los amigos”.
– “Pero tío, va a haber una remuneración”.
– “No es eso sobrino, no es la plata, es que eso no es para mí. Más bien vengan cuando quieran, aquí jaraneamos”.

La insistencia es en vano. Sí, soy el productor y mi trabajo es lograr grabarlos pero no puedo evitarlo, ellos son los que más me emocionan. A ellos son los que siento ganas de abrazar y agradecerles. Agradecerles porque me siento muy afortunado, ya que en efecto, estoy ante la presencia de una especie en extinción. Estoy frente a verdaderos amantes de la música, que la practican porque los enriquece y porque, quiéranlo o no, es parte fundamental e inseparable de sus vidas, de su cotidianidad. Porque vivieron la jarana en casa antes de siquiera saber caminar. Porque crecieron jaraneando y aprendieron de sus padres y sus abuelos, y porque hay que ir a darle serenata a un amigo o se casa una prima o se festeja el santo de un tío o porque no hay nada mejor que jaranear y escuchar a los que saben.

Pero mi labor es mi labor. El reto consiste en intentar develar este mundo y acercarlo -con las limitaciones de la tecnología- a un gran público que desconoce su existencia, para tratar así de establecer la diferencia entre una música comunitaria, que nace naturalmente de su ámbito social -la familia, el barrio- y que funciona principalmente como un ente unificador, y otra que desde su origen está planteada como un producto del mundo del espectáculo, la fama y los medios masivos.

Cuatro de estos bardos barriales ya nos han dejado. De ellos nos quedan su recuerdo, su conocimiento y su música.

LA GRAN REUNIÓN: LOS GUARDIANES DE LA MÚSICA CRIOLLA es, además de un film documental, un proyecto discográfico en dos volúmenes -RENACIMIENTO y CRISTAL HERIDO- que rescata la riqueza de la identidad barrial. Una grabación en la que diecinueve veteranos cantores nos ofrecen un criollismo puro y orgánico. El sonido de un Lima que se va.

Fernando Urquiaga Heineberg

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