Una jarana de callejón

28 de abril de 2008, mañana de sol abundante y fresco. La ventana del micro me devuelve a las calles de La Victoria. Y entre los restos de la noche anterior y señoritas de falda corta me escabullo entre sus mimos y los muchos perros que me delatan como a un extraño. A mi lado pasa Chiquitín, abstraído en su viejo barrio que a penas reconoce. Una delegación de los Barrios Altos, ya sazonada en el Garcés, recuerda con extrañeza una casa, una ventana… “serenatas las de mi tiempo”, exclama ‘Fatiga’, y yo como si fuese un vil zampado, un colón, los escucho pasar y dibujar otra Lima. En recuerdos vivos oigo el tañer de un acequión, veo niños persiguiendo el tiempo que sienten haber dejado escondido en un rincón de la ciudad.
En un callejón del Jirón Renovación, este domingo el luto será una fiesta. Ha pasado un año desde que murió Carlos Abán, mi tío ‘Cabeza de piedra’ o “Papeo, porque mi hijo es Papeíto, sobrino ¿Ud. lo conoce de la televisión?” Lo recuerdo en la puerta del Giuffra, en Humboldt, contándome que su padre, Eulogio, le enseñó el abecedario con una polka… En su casa la familia lo va a recordar con ‘gato en punto de maní’ –carne exquisita— y recuerdo a un amigo chalaco, Quintana, que me decía “gato, hasta en fricasé”. Se ha salido el mar: Lencho Pedraza, Pila Curay y Walter Goyburu, del Callao, aguaitan en la entrada; solo los victorianos están ya adentro, en casa, como esperando a los amigos. Algunos son hoy solo una sombra, “Manuelito, cómo se le ocurrió irse”…otros ya están cantando, “los demás no tienen por qué perjudicarse”… y poco a poco se van juntando, va poniendo cada quién lo suyo para dejar bien al barrio.
Yo aguaito, sapeo, miro todo desde el cristal herido de mi recuerdo, y en la memoria y en las voces de los tercos, de los que no quieren irse, porque “en el cielo no hay jarana, ni se baila marinera”, escucho a Carlos Abán haciendo dúo con su hermano, escucho, como escuchó mi padre en la puerta del mercado de la Aurora a ‘Sudapisco’, entre risas y mulitas de pisco, a don Abraham Valdelomar, serio y adusto, pidiéndole un tono a Manuel, su hermano, y al chino Calderón, y como si las olas me devolvieran el cariño y la amistad, escucho a Lencho que batiendo sus chapas me grita “¡colorao!”; en la memoria nadie desafina, menos Manuel Quispe cuando recuerda a su padre cantando “El olivo” en La reja y menos aún, mi tío David Farfán —al que no veo hace tanto—en el Huancavelica, en el Bocanegra, en el Unión, en La capilla y en todas las calles de Monserrate cantando a su padre “…sobre la piedra de tu sinceridad he edificado el templo de mi amor…”, y hoy Renovación es un templo en el que Papeíto, su familia y todos los amigos recuerdan a Carlos Abán y con él, recuerdan también, a los muchos amigos que se fueron y que supieron siempre ponerle la nota precisa para acompañar las voces que hoy oímos en este disco.
Fernando Urquiaga y Willy Terry han sabido escuchar con atención estas voces y han creído, y yo con ellos, que es un acto de codicia no querer compartirlas con el resto de amantes de la música. Muchos vivimos el día de hoy en una Lima que parece, a veces, no tener una identidad propia. Este disco nos recuerda que no es así, que la multiplicidad de orígenes y la diversidad cultural de la que hoy Lima es, a veces, compleja y desigual muestra, es similar a la antigua disposición de barrios que dio a la canción criolla-limeña un sabor y un estilo particular según el lugar del que proviniese el cantor o el intérprete.

Hoy todos esos estilos se han fundido, y solo en algunos intérpretes, como los aquí reunidos, se puede encontrar el eco de algo que un momento fueron diferencias insuperables (recordemos las disputas entre bajopontinos y barrioaltinos, e incluso en este último sector de la ciudad, las diferencias tan sensibles entre un cantor de la Huaquilla y otro de Cinco esquinas). Este disco nos enseña que esas diferencias no son y no deben ser un obstáculo para unirnos, así se han unido en este disco distintas voces, distintos colores y distintos barrios; así también los limeños –los viejos y los nuevos—tenemos la oportunidad de unirnos alrededor de estas tradiciones, de esta música y conocer un poco más de esa ciudad que habitamos y que con todas sus dificultades nos prodiga cada día también muchas alegrías. La música es, sin duda para muchos, la alegría más grande que nos da la ciudad, y por ello, los amantes de la música nos sentimos agradecidos con Fernando y con Willy, porque a través de este disco nos permiten resanar ese “cristal herido” del tiempo y, más aún, nos permiten colarnos aunque sea un ratito en la jarana.

Fred Rohner
noviembre de 2009

Compartir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>